Cada vez que llegaba a su casa violentamente agredía a su madre, María del Carmen y sus hermanas eran las guardias para proteger a su madre cuando su padre llegaba.

Pero María no durmio un día en su casa, y por desgracia, su padre llegó esa noche y mató a su madre y el bebé que llevaba.

A partir de ese momento, sintió una gran culpa por no haber estado allí cuando su madre mas necesitaba  María, sintió impotencia lo que le causó al odio, resentimiento hacia su padre.

Su padre estuvo 12 años en la cárcel y al cumplir su condena nunca busco a sus hijas.

María creció y junto con la culpa que la acompañaba desde el fallecimiento de su madre.

—“Todo en la vida, de todo me echaba la culpa.

—Yo viví con la culpa, me persiguió toda mi vida”,

recuerda ella.

Para ella fue difícil ver a un hombre, porque en cada uno veía el reflejo de su padre.

Después de varios años María se casó queriendo encontrar en su nuevo hogar una forma de llenar ese vacío que desde niña siempre había tenido. Sin embargo el resentimiento que tenía con los hombres la llevaron su divorcio.

—“No supe llevar mi matrimonio porque no permitía que un hombre me gritara. Me parecía ver a mi padre en todos los hombres”,

cuenta.

Luego de su divorció, María tuvo dos cirugías por cosas de la vida, y, cuando logro recuperarse una de sus sobrinas y su cuñado fueron diagnosticados con cáncer.

Ese fue el detonante que la hizo buscar a Dios, todo gracias a la invitación de una amiga a la Iglesia.

—“Dijeron que ya no había esperanzas para mi cuñado, fue en ese momento que Dios me tocó. Entonces empece a frecuentar la Iglesia y el pastor dijo que los que iban por primera vez podían pasar al frente y si estaban dispuestos hacer una oración para entregar su corazón a Cristo. En ese momento sentí algo extraordinario, desde ahí me aferre de Dios”,

recuerda María.

Aquella amiga le enseño a orar y a pedir sanidad para su cuñado enfermo, cuando María fue a ver como se encontraba su cuñado este se estaba de pie y fuera de la camilla.

—“Me puse de rodillas y levante las manos al cielo y le dije: gracias Señor porque hiciste el milagro, ese fue el primer milagro que Dios hizo por mí”,

cuenta María.

A las pocas semanas María asistió a un retiro espiritual, en ese momento ella sintió que Dios le hablaba y sanaba las heridas de su corazón.

Pero había algo más que tenía que hacer...

El pastor aconsejo que para curarse completamente tenía que perdonar a su padre.

—“Cuando me dijo eso casi me levanto y me voy, no podía comprender porque yo tenía que pedirle perdón a mi padre sabiendo todo lo malo que había hecho. Por ahí fui entendiendo, y me costo muchísimo llegar. No quería llegar a él, no quería llegar a pedirle perdón porque me iba a encontrar con ese hombre”,

recuerda María.

María intento en varias veces ir a donde su padre, cada vez que lo hacía se arrepentía y se devolvía, pero finalmente ella llegó a donde él y al verlo se encontró con un anciano, pequeño y lleno de la necesidad de un abrazo, con la necesidad que alguien le dijera te perdono. “Le pude agarrar las manos, lloramos juntos, le pedí perdón y me dijo,

—hija la que me tiene que perdonar eres tu”,

cuenta María.

Ella oró junto a el para que Jesús viviera en el corazón de su padre y en ese momento sintió que era la mujer más feliz del mundo, tanto que le ofreció a su papá irse a vivir con ella.

—“Todo eso que sentía ya no está, porque cuando podemos perdonar sentimos una paz, esa que solo Dios nos puede dar”.

 

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